En la gestión de la seguridad y los riesgos, los mayores peligros no siempre son los más evidentes.
Más a menudo es la autocomplacencia, la sensación tranquila y cómoda de que todo está bajo control. Suele aparecer cuando las cosas van bien: registros de seguridad sólidos, equipos experimentados, procedimientos claros. Irónicamente, esos éxitos pueden hacer que estemos menos alerta.
Cuando la familiaridad sustituye a la vigilancia, incluso los sistemas de seguridad más sólidos pueden empezar a resquebrajarse.
La autocomplacencia no se debe a que la gente tome atajos a propósito, sino a la naturaleza humana. Cuando se ha realizado el mismo trabajo innumerables veces sin que se haya producido ningún incidente, la confianza aumenta de forma natural. Con el tiempo, esa confianza puede convertirse en suposiciones. "Nunca ha salido nada mal" o "Ya conozco los riesgos" El problema es que el riesgo no desaparece sólo porque no se haya presentado últimamente. La gente no es descuidada; simplemente deja de buscar activamente.
La rutina y la repetición hacen que los peligros parezcan menos amenazadores y que las señales de advertencia pasen a un segundo plano. Las listas de comprobación se convierten en atajos mentales. El equipo de seguridad empieza a parecer opcional en lugar de esencial. Y cuando algo cambia -una herramienta desgastada, un nuevo compañero de trabajo, el mal tiempo, un turno largo-, las señales de advertencia pueden pasar desapercibidas. Esos pequeños cambios pueden no parecer gran cosa, pero a menudo son exactamente el origen de los incidentes.
Después de un incidente, la historia suele ser familiar. Se conocía el peligro. Existía un procedimiento. Se impartió la formación adecuada. Lo que falló fue la concentración en el momento. Alguien se saltó un paso, hizo una suposición rápida o pensó que otra persona ya lo había hecho. No se trata de fallos dramáticos, pero pueden tener graves consecuencias: lesiones, equipos dañados, pérdida de productividad y desconfianza entre los equipos.
¿La buena noticia? La autocomplacencia puede controlarse. La clave es tratar la concienciación sobre la seguridad como algo vivo y continuo, no como un programa de una sola vez. Los operadores deben actualizar la formación para que siga siendo pertinente. Hable abiertamente de los cuasi accidentes y de las lecciones aprendidas. Implicar a los empleados en la detección de peligros y la mejora de los procesos. Todo ello permitirá a las instalaciones mantenerse alerta durante toda la temporada y todo el año.

